El silencio y las sombras lo inundan todo...
Tan sólo el murmullo de las ramas y el susurro del agua que emana de esa fuente, me hacen recordar que hace tan sólo un instante, las voces infantiles luchaban en este espacio.
Un perro ladraba persiguiendo una pelota perdida entre los árboles y su dueño lloraba asustado. Su llanto se mezclaba con las canciones de las colegialas que saltaban a la comba; reían emocionadas, acariciadas por el viento y el piar de los gorriones.
El rodar de los neumáticos y el rugir de los motores me hicieron volver a la realidad. Pero volví a soñar, tras rescatar de mi guitarra esas melodías que antaño inundaban las salas de fiesta y los salones de baile; melodías con las que comencé a vivir.
Vuelven a mí los aplausos de un público emocionado, que disfrutaba al son de la salsa y el merengue. Gente llena de vida, que marcaba el ritmo del piano con sus caderas y sus piernas; gente que olvidaba sus problemas tarareando lo que escuchaba. Ya no veo a aquella gente, sí en mis sueños.
Recuerdo aquella vez... la voz sensual de Lola me despertó con una de mis canciones. Ella estaba en la cocina preparando el desayuno y endulzaba el café con las notas del bolero. Me levanté feliz y acompañé el estribillo acariciando con mis dedos las teclas de mi compañero, el que me hacía creer que la vida era feliz, que la música todo lo curaba.
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| Foto: Reino de Barataria |
Cualquier instrumento me servía. El delicado violín con el que interpretar las más tristes letanías o el animado tambor; aunque siempre que podía elegía a mi inseparable colega. Con él presidía todas las fiestas nocturnas, cuando ese calor de mi tierra no nos dejaba dormir.
No existían ni los días, ni las noches. El tiempo era una experiencia infinita, un bucle interminable plagado de sonrisas adictas a la música. Era nuestra pasión. Éramos asiduos a aquella ceremonia en la que el baile purgaba todos nuestros desalientos, todas nuestras frustraciones. Nuestros complejos supuraban por los poros de nuestra piel y se evaporaban al compás que marcaban nuestros cuerpos. Sentíamos que aquello, aquella sensación, aquel micro mundo en el que vivíamos siempre estaría ahí, que iba a ser algo eterno.
Entonces huíamos del silencio, ahora nos acecha.
El silencio y las sombras lo inundan todo...
Raquel Fernández
Honrada me siento por ser hoy vuestra voz, la voz de un pueblo.
Para los primeros que llegaron, para los que habéis venido después, mi pluma ha escrito una historia. Una historia con la que he intentado resumir la esencia de las gentes que aquí vivieron y ahora viven; la de aquellos que lucharon para que sus descendientes se sintieran orgullosos, como yo me siento en su nombre.
A lo largo de mi vida he hablado con los sabios del lugar... nuestros abuelos, nuestros padres. Siempre me ha encantado escucharles... y cada uno me ha ido aportando sus experiencias. Diréis que ya se han escrito libros sobre Talavera, la Nueva, que lo que expongo no es nada nuevo, pero para mí la verdadera historia de un pueblo, de un lugar... para que brille con su verdadera luz, debe estar escrita con "nombres propios".
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| Foto: Reino de Barataria |
De los primeros no sé ni nombre, ni apellido, ni apodo... sólo que aquí vieron una tierra fértil y se asentaron en la villa romana de El Saucedo. Esto fue hace mucho, mucho tiempo... en el siglo primero de nuestra era, pero el narrador en el que ahora me transformo ha decidido saltar muchas décadas y hacer una parada en el tiempo.
Es momento de cerrar los ojos y concentrarnos, para al abrirlos poder mirar lo que nos rodea en "blanco y negro"; el tono con el que lograremos retroceder hasta los años cincuenta del siglo XX.
Erase una vez un pueblo. Un pueblo cercano a Talavera de la Reina, que compartía su nombre, aunque no su apellido, porque "nueva" era su savia. Un pueblo que empezó desde cero entre tierras de cultivo.
Primero fueron los "barracones". Algunos allí vivieron y lo recuerdan como si hubiera sido ayer. Trabajaron muy duro para ver en pie sus casas y las de otros que fueron llegando más tarde.
Más de cien familias de jornaleros de distintos puntos de la comarca encendieron aquí su lumbre... la de sus braseros, la de sus candiles; también esa lumbre con la que calentar las "catas" de sus matanzas... y sus migas y sus puches... y sus buenos cocidos para aguantar de sol a sol en el campo.
Un pueblo con un primer alcalde, don Felipe Rodríguez y con dos escuelas, la de niños y la de niñas; y sus maestros: doña Adela, don Ricardo, doña María y don Gervasio.
Un pueblo con una iglesia... y un patrón, San Francisco de Asís; y con un cura, don José y una alta torre... con su campanario y sus cigüeñas.
Un pueblo con un médico, don Olimpio y por supuesto un alguacil; ese hombre orquesta que también era cartero y pregonero, el señor Valentín.
Un pueblo con una plaza que ¡Mmmmm olía a pan!... porque en una de sus esquinas se horneaban las hogazas que fabricaban el señor Cándido y la señora Paula.
Una plaza en cuyos portalillos se abrieron las primeras tiendas. La de la señora Justa y el señor Moreno, la de Flores y la de Jacinto y Virgilia, que trajeron al pueblo los primeros cántaros y los primeros botijos.
Tampoco faltaban los helados y el rico agua limón granizado que elaboraban los hermanos José y Flores que se colocaban allí, frente a la iglesia, los domingos y festivos, para endulzar y refrescar los paladares durante los meses de calor. Años después llegaría el quiosco, en el que tantos hemos comprado golosinas al salir de misa.
Y qué decir del cine. También los domingos y los jueves. Lo traían en tío Rebulle y el tío Pichurrique. Era una cita muy esperada por niños y no tan niños. "Silla en mano" familias enteras corrían hasta el patio donde se reproducía la película seleccionada para esa semana... Esto fue así, hasta que se abrió la sala de cine "López" en la que ahora es la plaza de la Constitución.
Pero Talavera, la Nueva también ha sido centro de otras artes. Entre sus vecinas grandes "artistas del hilo" que se reunían en sus barrios para coser y coser; para dar vida y color a sus deshilados y sus bordados.
La alegría de vivir ha estado presente siempre en este pueblo y en esta plaza, donde aún quedan cosas por contar. Algunas han cambiado poco desde entonces... La plaza sigue siendo "centro" de los festejos, antaño incluso taurinos. Tableros en los portales y carros alrededor servían para vallar una improvisada plaza de toros, pilón incluido. De esto algo sé, porque a mi familia por parte de padre, aquí en el pueblo, les apodaron los "Cordobeses", en honor a uno de mis tíos al que le gustaba saltar de espontáneo a los ruedos.
Y no podemos olvidar el primer bar, el de Teodoro, donde además de los botellines y las partidas de cartas para los mayores, por "una peseta" los niños podían ver los programas infantiles en la televisión. Pero donde Teodoro también se podía bailar y bailar en la discoteca.
Para bailar, música. Los primeros músicos de Talavera, la Nueva tenían una orquesta, los "Zeyde". Félix al acordeón, Julio a la trompeta, Antonino al saxo y Cirilo a la batería. De esto también algo sé... a mi familia por parte de madre nos llaman los "Músicos" o los "Navalqueños".
Y al son de esa música que es la vida, la historia de este pueblo ha continuado ampliando sus páginas... Se sigue escribiendo también hoy, en esta misma plaza...
Me permitirán que con orgullo dedique este relato a mi familia, a mis amigos, a mis vecinos; a los que están y a los que se fueron. A mi tío Cirilo tocando su batería y a mis abuelos. A los paternos, Iluminada y Vitorio (Los cordobeses) y a los maternos, Elisa y Pedro (Los navalqueños); que nos han enseñado a valorar lo que tanto sudor les costó, como a tantos y tantos agricultores y ganaderos de esta tierra.
A todos. A los primeros que llegaron, a los que habéis venido después, os dedico estas líneas que mi pluma ha escrito.
Raquel Fernández
Ha sido difícil camino... muchas trampas les pusieron a lo largo de la historia, vigiladas por ese señor insolente que no les dejaba clamar. "Seres inferiores" las llamaron y por ello eran maltratadas e injuriadas.
Largo fue el llanto y espesa la sangre que se ha derramado hasta hoy. Un hoy donde siguen quedando charcos de angustia en un mundo donde la conciencia no existe.
No miro a las victoriosas, aquellas que viven como deberían haber vivido siempre... Miro a las que siguen encarceladas dentro de su propio ser. Sus gritos no son escuchados, ni el sonido de sus pasos, está prohibido; tampoco su rostro hermoso se vislumbra. Prisioneras por su sexo, prisioneras en su casa.
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| Foto: Reino de Barataria |
No miro a las liberadas. Miro rostros adolescentes que esperan hacer dinero con sus favores a desconocidos en la parte trasera de un coche. Las trajeron engañadas. Dejaron lejos su infancia junto a sus familias, con el propósito de encontrar una vida mejor.
No se engañe al contemplar, no ciegue sus ojos con una luz que cree apreciar clara, porque la niebla nos sigue acechando. La lucha no ha terminado, el camino se bifurca y por eso continúa.
Algunas han encontrado un sendero agradable, han nacido en un momento y un lugar oportuno. No miro a éstas, miro a esas otras que son trueque desde niñas para solucionar problemas domésticos. Ellas no pueden elegir, no pueden seguir la senda que les lleva a la felicidad. Su destino ya ha sido tapiado.
No miro a las que dejaron atrás un pasado oscuro. A ellas, no las miro, ya se han salvado. Miro a una mujer de mirada triste, con un bebé entre sus brazos. La miro y la miro, no puedo apartar mi mirada. Condenada por ser mujer, va a morir apedreada.
Raquel Fernández
Erase una vez un vasto reino celestial de cometas a la deriva... Y erase un león que miraba a las estrellas.
Un día un cisne negro que custodiaba las galaxias escuchó un rugido
muy potente. Miró por su telescopio, pero tardó muchos años luz en
localizar el punto exacto desde el que se había emitido aquel sonido.
Sobre un asteroide muy brillante un niño cantaba las canciones que había
soñado durante muchas noches.
El cisne
se sorprendió, no sólo por la voz de aquel niño cuyo rugido se traducía
en notas musicales; lo que más llamó su atención, fue su fuerza de
voluntad y su constancia. Cada vez que impactaba con algún meteorito, se
levantaba y volvía a cantar con más y más fuerza; acto seguido su
asteroide se volvía más y más luminoso.
Pasaron décadas. El cisne era feliz porque el Universo tenía su propia banda sonora y las galaxias brillaban más que nunca. Ya no solo resplandecían las estrellas, los asteroides y algunos planetas también formaban parte de la nueva iluminación sideral. Otros niños y cachorros habían seguido el ejemplo de aquel León y construyeron con su luz gigantescas constelaciones.
Pero de repente un día, el silencio y la oscuridad se fueron apoderando de aquel reino. Asteroides, planetas y estrellas fueron apagándose poco a poco. El lunes una, el martes tres,... hasta que sólo quedó encendido el asteroide del niño que rugía sus melodías.
El cisne se preguntó qué había pasado y fue a visitar al León. Él tampoco entendía por qué había sucedido aquello. Se subió sobre el lomo del cisne y volaron a través de las galaxias. Necesitaban hablar con Aldebarán, la estrella más brillante de la constelación de Tauro. Ella fue quien se lo desveló, se lo habían contado sus hermanas, las Pléyades. Aquellos niños habían dejado de brillar porque ya no se valoraban, infectados por los comentarios de otros que no entendían lo importante que era la música.
Desde entonces el cisne sigue recorriendo el universo para recuperar el brillo de los que apagaron su luz, aquellos que en algún momento flaquean en su empeño de hacer
realidad sus sueños. A él le encanta soñar, por eso acurruca entre sus
alas a todos los náufragos que va encontrando en su camino y
les aporta el impulso que necesitan para seguir luchando por lo que
creen.
Miremos a las estrellas, allí están nuestros sueños y dentro de nosotros ese león que nos animará a cumplirlos.
Raquel Fernández
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| Foto: Reino de Barataria |
La melodía de la noche
se ha posado en mi ventana
y me ha dicho en un susurro
que te podré ver mañana.
Muchas horas perdería
junto a ti.
Por tu alegría,
por tu forma de vivir,
por la chispa de tus ojos;
por los besos que me das,
que el corazón me hace latir.
El sentido sentimiento
que no sabes que sentí.
La llamada del de adentro
que me dice a gritos: Abrid!
Castellano de un castillo
al que tú deberías ir,
porque mi vida, es tu vida
y juntos la debemos vivir.
Amadís, el de princesas.
Anibal, el de batallas.
Conquistadores los dos,
con un mismo encargo del alma.
Buscar, hallar, encontrar,
lo que les acecha y no para,
que les vencerá sin posible remontada.
Pues es amor y no guerra,
es amor y no gala
y ellos como yo
perderán esta batalla.
Pero la herida que fluya
podrá ser recompensada.
Quizás tú tengas la cura
que cierre la brecha helada,
que reviva a la que muere,
tras la armadura que arma.
Raquel Fernández
Qué
curiosa es la vida... La honestidad se castiga con desprecios, la
sinceridad con descalificativos.... y quienes hablan de frente, sin
hipocresías, viviendo al margen de chismorreos son, a menudo, dados de
lado o tachados de locos.
Bienvenidos al mundo al revés, a esa escuela "patas arriba" que tan magistralmente nos describe Eduardo Galeano. A esa jungla en la que vivimos. Bienvenidos.
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| Foto: Reino de Barataria |
Bienvenidos a una jungla plagada de hienas infectadas por la prepotencia y la envidia. Una jungla de déspotas con poder que optan por proyectar sus frustraciones sobre los más vulnerables de su entorno. Una jungla en la que se pierden los valores, se barren los principios y se ignora la ética más primaria.
Ya sabemos que el poder corrompe, pero más aún a aquellos que no saben manejarlo, aquellos que endiosados olvidan que mañana tendrán que devolver su cetro imaginario para sentarse en el suelo entre la plebe.
Porque son eso, una parte de la plebe, cuya ambición les ha hecho perder los escrúpulos hasta el punto de que su pulso ya ni tiembla a la hora de cortar cabezas o maquillar la verdad. Son marionetas del poder que tratan que imponer a otros esos hilos a los que están enganchados.
Personas sin vocación, inseguras, cobardes, que se apoyan en quienes les repiten un "sí, bwana" para sentirse mejor y que no son capaces de darse cuenta de lo pegajosa que es la tela de araña en la que viven. Personas que atacan con gritos cuando se les hace crítica, personas que utilizan artimañas infantiles cuando se descubren sus mentiras y echan balones fuera.
Lo bueno es que esa medicina que utilizan no es para nada efectiva. Son tan patéticos, que sus movimientos viperinos no finalizan con una picadura mortal; hasta su veneno es torpe y fortalece a sus víctimas. Van dejando a su paso un reguero de injusticias nada sutiles, que día tras día, se van haciendo más y más evidentes. Es tal la vergüenza ajena que produce observar cómo actúan, que es imposible no pensar en el final nada feliz que les espera.
Ante esta lamentable realidad, algunos deciden ponerse vendas y jugar al sálvese quien pueda. Otros intentamos contarlo... y aunque de momento nuestra voz no tiene demasiada fuerza porque tratan de silenciarla, sí hemos optado al menos por narrarlo a modo de fábula.
Precisamente por este tipo de gestos, esas hienas que protagonizan este ensayo, tachan de rebeldes o de locos a los que desmaquillan con palabras sus engaños.
Desde aquí les respondemos:
¡Bendita locura la de aquellos que cada día
podemos mirarnos de frente en un espejo!
Raquel Fernández
Solos en aquel momento,
ante aquel amanecer.
Pensativo,
enamorado y contento
el suspiro de un ayer.
Sorprendido,
con el gesto envenenado,
vuestro amor desvanecido.
Alejado,
solitario y apresado,
con furia envilecido,
olvidado.
Anhelo de insatisfacción,
pesadilla de pasión,
despertar de desengaño,
desvelo de compasión.
Amor, sueño despierto
que amanece sin dolor,
muda al tañer el alba,
se marcha al salir el sol.
Raquel Fernández
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| Foto: Reino de Barataria |